Por: Lucero Andrea Contreras
Han transcurrido tres meses y diez días del año en curso, la semana mayor ha llegado, con ella un tiempo para reflexionar, recordar y celebrar. Las Iglesias son más concurridas que de costumbre. Se acerca el viernes Santo, la conmemoración de la pasión y muerte está próxima. Las paredes de los recintos sagrados contemplan el cambio, aunque han sido testigos silenciosos de los mitos que allí se encierran.
En el Barrio Benjamín Herrera de Bogotá, la celebración de esa fecha es muy particular, así como en Popayán, realizan procesiones dividas en seis pasos con imágenes representativas de los personajes religiosos más importantes. Éstas son llevadas a los hombros en altares de madera por miembros de las familias pioneras.
“La zona se fundó hace cincuenta años” asegura – habitante -Cecilia mora. “Allí comenzó la tradición: a cada vivienda se le asignó un altar, cada linaje debe adornar su imagen para la caminata feligrés” narró.
La imagen más importante es el Santo Sepulcro, un símbolo representando el cuerpo de Jesús en la resurrección; ésta fue asignada a la estirpe Muñoz. Sigifredo Muñoz, segura que la tradición ha traído grandes beneficios para su familia. “ mis hijos son cargueros, yo fui carguero, y ahora mis sobrinos también lo son” añadió.
La casa es adornada con la presencia de su invitado. Las mujeres alistan los vestidos, los hombres el cofre donde ira la estatua. “ todos aportan algo, así, nos unimos recibiendo los dones” afirma – abuela- Rosalía Rojas.
El desfile es a las cinco y media, cuando el sol se ha ocultado. Sin embargo, el invitado se marchó a las
diez, a esa hora los creyentes pueden visitar la iglesia para orar.
Paulina Roa, una mujer de cincuenta y seis años de edad, se acerca en silencio, “ desde hace tres años ,con el corazón en la mano, le pido a Dios cada año por mi hogar, por nuestra economía”.
En la casa, el almuerzo familiar se apresura, ahora la preocupación es estar a tiempo. A las tres de la tarde ocho mujeres con los ocho cargueros deben estar en la casa parroquial.
La hora ha llegado, en el salón una voz fuerte, más terrenal que celestial, grita: “ el que reza y peca empata”, luego con enorme carcajada se retira. Entre los invitados un nuevo mito asecha: “ se dice que cada año, según los pecados de quien lleve la imagen, el altar pesa más o menos de lo normal” comenta Martha Medina.
Los cargueros salen uno a uno para recibir la bendición, John Triviño, asevera que van pidiendo perdón por sus pecados. La imagen está en el hombro, ya no hay marcha atrás.
El camino recorrido es de un kilómetro, cada dos cuadras hacen cambios de cuatro personas entre sí para continuar el trayecto. “Los peregrinos siguen al Santo que les hizo el favorcito”, testifica Sor María.
Ya son las seis de la tarde, el recorrido ha finalizado. Los hombres en el salón, revisan sus hombros, unos los encuentran más maltratados que otros, algunos, incluso, con rasguños. “ peso tanto que voy a dejar de pecar” concluyó- carguero- Alex Peña.
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